domingo, 3 de julio de 2016

Presentación de “Al norte de abril”, de Claudio Colina, en “El libro en blanco” el viernes 1 de julio


Entramos en el núcleo duro de la Unión Europea gracias a una limpia escalera mecánica que nos eleva desde el vientre climatizado de la estación subterránea hasta un cruce del centro… El tren de cercanías atraviesa, sin sobrepasar la velocidad máxima permitida ni los niveles de ruido establecidos en la normativa comunitaria, arboledas políticamente correctas y pasos a nivel en los que las bicis, vehículos ecológicos que permiten el desarrollo sostenible, esperan su turno.
Así comienza Claudio sus veintiséis relatos hiperrealistas, secos, afilados, pero con muchas aristas para investigar, que toma su sugerente título de uno de ellos, “Al norte de abril”, aunque también podría haberlo tomado de este otro, “Bolas, esferas, líneas”, en alusión al mundo esférico sin principio ni fin, al mundo globalizado del Estado del Bienestar, con el que hace un juego de bolas a lo largo de todo el libro. El mundo del delirio de lo políticamente correcto, sin aristas: mi consejero me ha dicho que debo alejarme de los lugares con aristas. Un mundo en blanco en el que los matices vienen siempre del exterior, de los extranjeros, distintos, árabes, sudamericanos: todo trenzas azabache y sonrisa amable de unos andinos en una estación de tren.
Claudio nos muestra su particular viaje por varias ciudades europeas, Frankfurt, Dublín, Ámsterdam, Bruselas, Londres, Lisboa, Edimburgo o Reikiavik, todas ciudades del núcleo duro del Estado del Bienestar, para hacernos la aparente propuesta de visitar Canarias con ojos europeos, con la mirada globalizada de los ciudadanos comunitarios, porque no somos tan ultraperiféricos.
 Apareció el camarero, un magrebí delgado y moreno, con un bigote perfilado como un paréntesis… le pedimos unas Jupiler del tiempo (frías), pero notamos que el hombre se quedaba de pie junto a la mesa, como aguardando más órdenes. ¿Sucede algo?, le preguntó el agente en francés imperfecto. Y respondió, en imperfecto español, que bienvenidos a Bruselas, que se alegraba de encontrarse con un grupo de españoles, que era un sahariano emigrado a Fuerteventura y que había sido camarero en Las Galletas antes de instalarse en las tierras del frío con sus primos.
La deliciosa descripción de “El cruce de Arinaga” forma parte de una segunda propuesta para observar con otra mirada diferente, desglobalizadora, escondida detrás de lo visible según la normativa vigente:
Luego, entre badenes suaves y casas sin pintar, encontramos una carretera que miraba hacia el sur. Una carretera que empieza con la sequedad de los colores pardos, va ensanchándose luego hacia los ocres, y es dominada, cuando se adentra en los llanos sureños, por un amarillo cada vez más intenso. El cruce de Arinaga. Ella mira a derecha e izquierda, con los ojos entornados por el sol y las ventanillas del coche subidas para evitar el viento arenoso, en este lugar que no tiene nombre propio sino etiqueta de tránsito, de pasaje, de viaje a otra parte. Aceras anchas a medio pavimentar, bares de piscolabis y más viento arremolinado sobre las azoteas irregulares, rematadas a mano con bloques descarnados. Pero el amarillo es más intenso allá, a lo lejos, hacia la costa, entre las naves industriales que parecen implantes forzosos en la piel de la tierra, donde el océano corta de un tajo azul el color de la arena.
Y como máximo exponente de la globalización, el conductor del autobús había alcanzado el nirvana a través del pensamiento único: silbaba la cancioncilla del verano, impuesta a fuerza de billetes por los Cuarenta Demenciales; así como el recién empleado Yo mismo acababa de ser globalizado, era consciente de ello, y empezaba a notar las mutilaciones del pensamiento único en el mismísimo trigémino. Una sensación insípida, pero presente. […] Una empresa franquiciada especializada en la selección de personal había aceptado mi ridículum vitae para una multinacional del ramo de los desayunos, que me ofrecía un salario infinitesimal cual dosis homeopática y una gran libertad de movimientos en el marco del organigrama de la empresa, es decir: que un día trabajaría aquí, y otro allá.
            En ese instante me di cuenta de que el ochenta por ciento de las cosas que hago a lo largo del día no tienen ningún significado personal. […] A las seis de la mañana me despertó un resplandor. Salí del saco de dormir para subirme a una roca salpicada por las olas y contemplar el latido potente y mudo del faro de Rasca, la ráfaga que barre las incertidumbres de los viajeros. No de todos, solo del ochenta por ciento de ellos. El veinte por ciento restante prefiere seguir viviendo sus incertidumbres.
            Quizá en ese veinte por ciento esté incluido el café que borbotea en la cafetera de aluminio a las seis menos diez de la mañana está más vivo que el preso que espera frente a la puerta de la cárcel el día en que se cumple su condena. Por la tarde es mejor tomarse un café con leche.
            No puede evitar Claudio hacer un guiño al glaciarólogo profesor de su novela “Escaleno” en el relato “Fito y las burbujas”: En el hielo viejo de los glaciares han quedado atrapadas burbujitas del aire que se respiraba en la Tierra hace miles de años. Burbujas de atmósferas pretéritas aprisionadas como bocanadas en miniatura de una brisa de cuando no existía el tiempo, porque el tiempo no se medía.
            Por ahí se debatió sobre la irrealidad del tiempo y de que, en definitiva, el tiempo no existe, existe lo que hacemos con él.
            Y de ahí pasamos a si la realidad existe de verdad o nos la inventamos, si los relatos de Claudio son en realidad crónicas o de verdad ficción. Él no lo dejó del todo claro, nos remitió a la frase de Luis Aguilera con que nos introduce en su libro: Tenemos la necesidad de mentir porque partimos siempre de la convicción de que no se nos va a creer.

            Cada uno de nosotros sacó sus propias conclusiones, o quizá no. Les invito a que saquen las suyas leyendo los relatos en el veinte por ciento del tiempo que dediquen a navegar entre las incertidumbres del vivir.










miércoles, 15 de julio de 2015

Desembarco

Aurora se embarcó en aquel crucero como solía embarcarse en el resto de sus aventuras cotidianas, algunas menos cotidianas que otras, pero a las que ella aplicaba el mismo procedimiento reflexivo: ¡vamos! La convenció su fantasía romántica de escribir a bordo, arropada en una manta sobre una hamaca de cubierta bebiéndose un combinado —sin fumar, que ella era muy activista—. Por eso se decidió por uno que recorriera el verano de los mares del norte, le pareció la latitud más apropiada para soltar su inspiración. Y sola, claro, si no cómo iba a fantasear hasta el delirio narrativo, desde luego ni sus amigas ni sus amantes la acompañarían, ella así no podía inventar, que era de distracción fácil.
         Ella para inventar tenía que notar el hueco de lo que le faltaba, de lo que no había podido rellenar con sus creaciones, esas que se creía al ir escribiéndolas. Le gustaba repetir que era una creída porque se lo creía todo, las películas, las novelas, se creía hasta la vida que se inventaba para ella misma, que una vez escrita, zas, se convertía en realidad. Y algo de eso había, porque insistía en que comprobaba con la frecuencia del experimentador que sus hipótesis se materializaban, algo así como una profecía de autocumplimiento, o como una escritura de autorrealización, porque en lo que no entraba era en la escritura de autoayuda, ella no escribía para redimirse de nada, ni para darle la brasa a nadie con las megalomaníacas novelas del neurótico estándar. No, ella no contaba su vida, ella se la creaba y luego se la creía para vivirla punto por punto. Si algo no le cuadraba, pues cambiaba unas frases, unas comas, algunos adjetivos y listo.
         Pues eso, que decidió embarcarse con el equipaje ligero de las infinitas páginas en blanco que la era digital permite colar a los controles de seguridad, ignorantes no programados para estos peligros. Con el añadido de que se informó que en alta mar no hay conexión a internet, bueno, no hay conexión razonablemente pagable, así que como si no la hubiera. Desconectada para resetearse —no le gustaba mucho eso de reiniciarse, que le sonaba a desperdiciar camino andado—, se lanzó a su aventura.
         Pero esta vez la pensó como un nuevo y ambicioso experimento: ser capaz de inventarse su novela definitiva, sin influencias distractoras que la confundieran. Pensó que así le saldría más auténtica, más genuina, más verdadera. Pero también era consciente del riesgo, de lo delicado de la misión que se había impuesto: desembarcaría con su historia escrita, y aunque sabía que podría revisarla después, lo cierto es que estaba cansada de retocarse la vida una y otra vez, indecisa. Así que ya estaba bien, esta sería la definitiva y con ella tendría que apañárselas.
         Los primeros días de travesía no le aportaron mucho en la construcción de su nuevo proyecto, todos preelaborados de paquete estándar para turistas en manada a los que el viaje les aporta lo mismo que si lo vieran por televisión; viajeros impostados por negarse a renunciar a la mínima de sus comodidades diarias; turistas en tránsito al siguiente destino coleccionable con el que aburrir al osado que se acerque a menos de un metro durante más de un minuto —esto me recuerda a una vez en aquel sitio de esotro lejano país donde estuvimos...—. En fin, todo lo que odiaba Aurora del turista patrio. Es verdad que no pensó en ellos cuando planeó su viaje, pero ahora que los tenía delante le pareció que aportaban realidad a su proyecto, así que los incluyó para tener claros los límites que no rebasaría.
         Entró en el barco ilusionada con unas Vacaciones en el mar perfectas, pendientes desde su infancia, para poco a poco irse dando cuenta de que nunca se puede vacacionar de uno mismo, de que no se puede dejar en casa una mitad para sacar a pasear solo la mitad buena. Y si eso fuera posible, siempre encontraríamos de vuelta a la mitad resentida que nos viniera a recordar que no somos completos —perfectos—, o en el mejor de los casos, que estamos en construcción.
         Y este juego de mitades no viene a cuento por lo de las medias frutas, no, Aurora lo asoció con fundamento: un día se tropezó —literalmente— con una señora con el lado izquierdo paralítico —menos mal, así podía hablar—, otro día con un señor con las piernas inutilizadas en su sillita eléctrica —qué comodidad poder recargarla en el barco—, acompañado de su mujer que por casualidad tenía la mano derecha paralizada —por eso podía hablar y caminar y cuidar del marido—, y así hasta completar todo un catálogo de incapacidades que no pudieron dejar de ponerla en la senda de las suyas propias, igualmente elaboradas a medida.
         Quizá ver a tanta gente funcionando a medio gas hiciera que se le despertara su mitad adormecida, alelada o alienada, o puede que simplemente acomodada en una incomodidad perezosa. El caso es que según pasaban los días iba llenando las páginas que trajo en blanco de una historia, no de su propia y aburrida historia escrita para reconvertirse en heroína, sino de una historia creada para contribuir a que otros se inventen la suya a base de las fantasías mágicas de los libros, a base de las fantasías universales con las que todos nos elaboramos.
         Aurora descartó escribir su novela perfecta y así pudo empezar a trabajar para escribir la novela perfecta, completa, aquella para la que un frío diez de diciembre la invitarían a visitar Estocolmo.
         Desembarcó.
Texto publicado en el nº 2: "Verano", de "Las 4 estaciones" de La Esfera Cultural en julio de 2015

jueves, 11 de junio de 2015

Polvos desintegradores

En el olor a viejo que salió de detrás de aquella puerta podía tasarse los años que llevaba sin abrirse, también en lo que le costó al Jefe del Departamento encontrar la llave, además de lo que le costó a la llave girar en la cerradura. Luego calculando desde lo de don Arturo, el Jefe anterior, pues eso, unos diez años, sí, más o menos diez. Yo todavía no había empezado a trabajar en el Departamento, pero por lo que me contaron los antiguos era eso. Pongo antiguos por no repetir viejos, pero en realidad mis compañeros lo que son es un poco vintage, así como para no quedarse directamente anticuados, les da por el rescate forzado.
Olor a polvo húmedo sobre trastos rotos más de diez años atrás, viejos ya para entonces, pero que Antonio, el Jefe de ahora que quiso modernizarse cuando sucedió a don Arturo con un diminutivo sin don, guardó celosamente durante todo este tiempo. Muy celosamente. Tanto que la gente dejó de preguntarse por el hermetismo del búnker, cada uno ocupado en alimentarse las envidias propias y ajenas buscando una excusa con la que producir absolutamente nada. Así de improductiva y mediocre es la envidia. Así era el día a día del Departamento. Así hasta la semana pasada. Ahora ya no, esto es otra cosa después de la limpieza.
Es curioso, cuestión de energía cuántica, creo, eso dice mi amiga Beatriz cuando nos encontramos en la calle con alguien del que acabamos de estar hablando, yo le digo que es casualidad, pero ella me dice que no, y voy a tener que darle la razón. Desde que abrieron la puerta en presencia del nuevo Director del Centro, por indicación expresa del Director General, también nuevo, nombrado después de las elecciones, y me llegó aquel tufillo a podredumbre, me acordé de la presentación de la novela a la que había asistido la tarde anterior, "El caso de la Pensión Padrón", basada en un asesinato real ocurrido en la ciudad hacía unos años. Daba escalofríos escuchar a los autores —escrito a cuatro manos, como les gusta repetir a ellos dos por ambidiestros—, muy conocidos en nuestra esfera cultural, dar detalles reales del caso, del que hicieron un riguroso trabajo de investigación, que por cierto pudo haber hecho cualquiera, pero que hicieron ellos y por eso lo publicaron.
Pues además de acordarme en ese momento de mi amiga Beatriz —cuando se lo contara iba a flipar— y de la Pensión Padrón, recordé aquello de que la realidad siempre supera a la ficción, bueno, yo voy a ser un poco más conservadora y pondré algunas veces, incluso cuando la realidad supera la ficción de otra realidad. Creo que me he liado, pero ustedes me entienden, porque sé seguro que tienen segundos pensamientos, y no como los simplones del Departamento, pero ahí no voy a entrar por no dispersarme, otro día les cuento. Con entrar en el cuarto oscuro del Jefe ya vamos servidos.
No podrán imaginar la de utensilios despiezados como guardados por ocupar espacio, por si en algún momento venía a conectarse el tiempo y se producía la magia de un encuentro productivo, sin tener en cuenta que es imposible un encuentro en dimensiones diferentes, y que lo viejo solo puede atraer más viejo, y que el presente se inventa desde el futuro impoluto, no desde el pasado casposo.
El Director estupefacto, el Jefe mirando al techo, preocupado de repente por las filtraciones de las lluvias de diez otoños. Como si no supiera nada, quizá pensara que si no se hablaba del cuarto se iba a desintegrar. El cuarto, claro.
Pero no se desintegró, porque lo de “en polvo te convertirás” por lo visto tarda más de una década en ejecutarse y en aquel cuarto todo era polvo menos los restos esqueletizados del que no podía ser otro que don Arturo –los jirones de la rebeca roja con capucha que le cubrían las costillas comentaron que hacía innecesario el estudio forense–, con el cráneo empotrado en un ejemplar amarillento, como las rancias ideas que Antonio sin don se empeñó en publicar en su único libro ­–afortunadamente para la historia de las ideas–, que si acaso solo leyeron sus allegados. Bueno, y por lo visto también don Arturo en extrañas circunstancias.
No puedo imaginarme ningún método de tortura más cruel. Pobre hombre, y todos pensando que se había marchado a Estados Unidos por una oportunidad laboral irrenunciable. Si el Jefe mismo lo llevó al aeropuerto.

domingo, 15 de febrero de 2015

Corazones, al aire

Ay, qué raro tengo el cuerpo, como si me lo hubieran pasado por una trituradora, como una trituradora de basuras para que no quede ni rastro, me pesa hasta el fleco, y hasta las pupilas que no me dejan ni enfocar la mirada, y nauseosa también estoy de lo que se me mezcla el techo con el suelo de nada que trato de fijar las pupilas, que ya dije que no podía, que no podía ni con mi alma, y no sé yo, porque siempre dudo de si el alma va dentro del corazón, no sé, porque el alma es algo hueco, ¿no?, y entonces tendríamos el corazón hueco y yo creo que así no funciona, pero no estoy segura, el médico me dijo que no, que lo mío no era del corazón, que era de los nervios, ¿del alma?, le dije, no me contestó, yo creo que porque no sabía, es que al médico que voy es médico del cuerpo y de lo otro sabe más bien poco, siempre que se me fatiga el cuerpo, así, como estos días, y me da el mareo, este, como hoy, me dice lo mismo, que es de los nervios, pero yo creo que me lo dice porque no sabe de lo que es, aunque del corazón tampoco sabe mucho porque cuando le pregunté por los saltos en el pecho, esos que me dan a veces, sobre todo cuando estoy así, como cansada y con el zumzum del mareo en los oídos, me dijo mmm..., ¿mmm?, le dije yo, no sé cómo interpretarlo...
         Me dejó con la duda hasta hoy cuando me asomé a mi ventana, la grande, la que da a la avenida, y vi todos los árboles cubiertos de corazones rojos que se desprendían independientes hasta perderse en lo alto. Uno de ellos vino a posarse en mi alféizar invitándome a salir. Me subí en su lomo y entonces lo entendí todo: es cierto, el alma habita en los corazones para hacerlos volar. Ya sé cómo hacer para que no me pese el cuerpo ni me mareen las alturas. Si tengo un momento, se lo voy a ir a explicar a mi médico, pero no sé si podré, estoy tan ocupada con todas estas corazonadas...


¡Feliz San Valentín!

domingo, 25 de enero de 2015

Presentación de "Escoba de quince", abecedario de la poesía, de Emilio González Martínez

Café Comercial de Madrid, viernes 23 de enero de 2015

VERSOS, A LA CALLE

Desde las alturas de la estantería,
un verso disparó sus letras
y alteró la armadura del custodio.

Poco supimos de aquella tempestad
que no dejó virtud en pie,
ni lánguidas aspirantes a princesa.

No quedó un violín bien afinado,
ni hubo quien hiciera frente al viento
que arrasaba la pureza.

Llegó al fin el final,
un temporal de páginas y mares
contra la estatua del insomnio.

Aquí y allá valientes versos
crecían sin orden ni mesura
y entregaban al viento su belleza.


viernes, 24 de octubre de 2014

Presentación de "Escaleno", de Claudio Colina Pontes, en la Sala MAC de Santa Cruz de Tenerife el viernes 24 de octubre de 2014

Por Idafe Hernández Plata y Ángeles Jiménez

“Escaleno”, ¿cómo el triángulo? No, como el músculo.
No siempre es bueno dejarse llevar por los bienintencionados consejos de los amigos. Gracias a eso hoy nos podemos reunir aquí para presentar la nueva novela de Claudio Colina; gracias a que desoyó, no ya el consejo, sino la tajante prohibición de su amiga Nieves para escribir una novela de montañeros. Luego la obligó a leérsela. Sé de buena tinta que ella ha perdonado su rebeldía, él se la ha justificado.
El cielo hinchado y redondo, mucho más cerca de la tierra, aquí mismo, el cielo no azul ni rojo ni violeta sino paralizado en un púrpura sin nubes ni oxígeno, un púrpura con filos negros que roza las aristas de la cordillera. El bosque ha perdido todo lo verde, ya no es bosque sino una ladera infinita desde mis pies hasta el valle erizada de troncos negros y pelados que emite un aliento de caldera vieja. Los animales husmean, revuelven los restos fétidos entre los árboles. Rocas grandes nos rodean, verticales y grises, en dudosos equilibrios megalíticos. Se mueven, crujen como velas lamidas por un viento perezoso. Piedras bajo la espalda, piedras como astillas caprichosas, guijarros bajo el cuerpo, los músculos crispados y el saco de dormir que se desliza como un caracol cuesta abajo hacia ese lago profundo que parece hervir, me escurro cada vez más deprisa por un tobogán pedregoso, los miembros inútiles, el cuerpo entero embutido y paralizado en esa funda ceñida de tela.
Así es Escaleno, o más bien así no es, porque Escaleno no es lo que parece, es como si cada momento pudiera demudarse en otra cosa, siempre con una grieta abierta por donde se puede escurrir lo inesperado. Como la montaña, tan megalíticamente estable y tan imprevista, tan misteriosa, tan impensable. Como los glaciares, tan mastodónticamente ágiles e inestables. Por eso Claudio ama las montañas, porque hay que inventarlas cada vez. Y los glaciares, por los siglos de secretos que esconden esas enormes lenguas de hielo durmiente: Sentado en una roca de la morrena lateral, envuelto por ese aire gélido, frente a los secretos de aquella enorme lengua de hielo durmiente, agrietada por los siglos, fumaba y afrontaba el silencio del valle. …encaramado en su púlpito, escuchando como un cura las confesiones de aquel mastodonte cuajado de siglos.
Esta aparente novela de montañeros despistados, en realidad transluce una historia de escaladores que se obstinan en un esfuerzo descarrilado que adivina el enfermizo empeño del hombre por no coronar sus cimas, en fracasar para no tener que soportar la luz de arriba, el aire irrespirable para el que no acostumbra a deambular por la altitud: Me falta el nitrógeno. Será el oxígeno, Parde. Eso. Y el nitrógeno también, joder. El miedo al brillo del triunfo. Yo creo que podría definirse como un libro de mal escalar.
Escaleno es básicamente una novela de soledades compartidas, o de soledades que confluyen hasta apenas rozarse para luego separarse de forma inevitable, y después repetir el ciclo infinito del hombre de encuentros y desencuentros encadenados hasta el último, el definitivo. El silencio de las piedras al rodar, del hielo al quebrarse. Soledad y silencio ásperos de montaña seca. Un silencio bordado con el hilo transparente de la brisa.
El juego de los tiempos que Claudio nos propone en las páginas de su novela, a veces incluso entre frases, nos obliga a estar atentos, siempre al acecho de lo que vendrá después, de por dónde se hilarán esas historias aparentemente deshilachadas, a sabiendas de que el que escribe no da puntada sin hilo, no regala palabra sin frase.
Claudio juega con los tiempos entre las historias, unas escritas en primera y otras en tercera persona, juega hasta sugerir que cada historia fuera de otro tiempo, incluso de otro espacio. Cada historia parece referida a otra, como si todas se vivieran a destiempo, o en dos tiempos. Como si cada personaje se contara a sí mismo su monólogo mántrico sin pensar en quién le escucha, o en quién le lee, por eso el lector acaba creyéndolo todo, porque parece mentira, pero al final, muy al estilo Colina, esta novela se baba en lechos leales.
Escaleno pareciera escrita con humor de segundo plano, pareciera que nos vamos a desternillar de risa en la siguiente escena, pero el giro posterior nos coloca en otra dimensión, una vuelta imprevisible que nos hace explorar otras aristas. Entonces la sonrisa no pasa de congelársenos en un rictus de mimetismo ambiental. Así, una imagen hacia el final del cerebro derramándosele por los oídos, el cerebro como una gelatina protestona a punto de rebosar por las orejas, por culpa de la falta de aire, no nos aparta lo bastante de la literalidad para tomarla a modo de caricatura.
             Y claro, como no podía ser de otra manera, el libro termina con una única historia en la que tan presente como el miedo se hizo la verdad.



Idafe Hernández Plata

Ángeles Jiménez

Claudio Colina Pontes


viernes, 19 de septiembre de 2014

De amores y quereres

Comían en un rincón del bar perdidos en el último pueblo al que llegaba el asfalto, luego ya eran pistas de montaña, escondidos detrás de una columna como si incluso allí pudieran llegar miradas de reproche. Como si nada fuera lo bastante alejado para aislarse de los que ya no eran los suyos, lo bastante para empezar un nuevo lo nuestro.

         Jacinto y Alejandra se habían fugado de casa aquella mañana, por fin, después de muchos planes y otros tantos intentos que él siempre justificaba porque la familia era lo primero de lo primero: este no es un buen momento, justo antes de las cosechas, ahora, ¡con la Lola a punto de parir!, mejor cuando pasen las fiestas... Así hasta que Alejandra le puso el punto: y seguido y se iban juntos a la semana siguiente, y aparte y se iba ella sola.
         Y Jacinto se fue con ella, tuvo que irse porque él ya no sabía cuidarse solo, no quería, no quería querer. Él ya solo quería quererla a ella, y lo demás no importaba nada, no quería que le importara.
         Aunque algo sí que le importaba cuando elegía las mesas de detrás de las columnas. Es difícil soltar apegos y ser valiente para lanzarse a descubrir otros amores, amores nuevos, recién estrenados. Él ya sin nada que perder: enterró a las madres de sus hijos, a las dos las lloró en las huertas porque no supo hacerlo más que trabajando para que le doliera menos; luego los casó a todos, hasta a Berta, la pequeña, que estuvo a punto de morirse con la madre y de eso se quedó un poco lentita, la pobre; después les repartió la herencia, para que estar seguro de que no se peleaban por los teneres, y también, la verdad, para ver si así lo dejaban tranquilo con la Alejandra. No es que fuera mucho, pero los colocó a los siete, quizá trabajó más de la cuenta para recoger estas rentas.
Pero ni así, los hijos no entendían esos amores de vejez, y él ya no tenía cómo explicarles que lo suyo con Alejandra era amor del verdadero, que si acaso el interesado era él que ya no podía vivir sin las atenciones de ella. Pero ella, qué otro interés que el amor podía llevarla a sus veintinueve años a quedarse a vivir entre las montañas de otro continente, alejada de los suyos, para cuidar a un pobre viejo al que ya no le quedaba nada que repartir.